16 de abril de 2008

Tecnologías

“El cine ha muerto” no se cansa de repetir el protagonista de Japan Japan frente a su amante de turno. Ambos acaban de salir de ver una película americana y ahora se permiten un contacto sexual frente a películas porno japonesas bajadas de Intenet. En la sala, lo viejo, lo añejo, lo pasado de moda, lo muerto. En la cama, las tecnologías, el sexo y la vida. Mundos diferentes enfrentados en una película experimento sobre un lenguaje que, más que muerto, recién está naciendo.

Desde que estoy metido en la educación y, sobre todo, en la que atañe a las artes audiovisuales, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las famosas TICs) ocupan un gran lugar en mi pensamiento y, la verdad, es que es una buena área para investigar. Computadoras e Internet, pero sobre todo celulares, cámaras digitales, I-phones, blogs y todas las tecnologías que se les ocurran, estudiadas desde el lugar de la educación, como puente de comunicación entre maestros y alumnos. No se lo puede negar: los chicos están comenzando a hablar un lenguaje que pocos comprenden.

Este nuevo lenguaje es aún superior al lenguaje cinematográfico. O, mejor aún, es mucho más complejo. Si en el siglo pasado hablábamos de la polisemia en la imagen, todo debe ser revisado desde la explosión de las TICs. Y lo nuevo en el cine (si es que hay nuevas maneras de contar) está experimentando este universo por descubrir.

En Japan Japan, lo interesante, lo diferente, lo queer es la manera que encuentra el director para narrar una historia ya repetida. Las imágenes se fragmentan, la historia se construye como un rompecabezas donde las piezas nacen desde estas nuevas tecnologías. Una Laptop desde la que se emiten imágenes grabadas en un teléfono celular. La fotografía satelital de un planeta controlado a través de Google Earth (y lo más peligroso es que está al alcance de nuestras manos). Y lo digital elevado a su máxima potencia.

Sin embargo, la película cae en su propia demagogia y, finalmente, queda a medio camino. Por momentos, el protagonista se vuelve hasta tierno (sobre todo en el musical al final del film) pero nunca logra llenar ese vacío que nos produce en el comienzo (y que el mismo indica). Por momentos, el director parece tener algo que decirnos pero termina callando y dejándose asombrar por su propia tecnología.

Ayer fue un día gris en el Bafici. Porque después de haber experimentado que el cine todavía estaba vivo, de la mano de Guerín y su En la ciudad de Sylvia, me encontré con esta otra teoría, la de la muerte del cine. A veces gris, a veces a colores. A veces digital, a veces analógico. Lo que puedo descubrir es que este es un Bafici de transición donde lo nuevo todavía está en su etapa de experimentación y lo viejo todavía se mantiene vivo en la pantalla y en la cabeza del espectador.

Japan Japan es un film ambiguo que por momentos me cae tierno y por momentos demagógico. Es como una moneda de dos caras que eternamente sigue rodando en el suelo caliente. Antes de caer y ver su cara o ceca va a morir derretida sin darnos ningún resultado.