El tiempo real le ganó al tiempo del Bafici, al menos en mi reloj. Durante el fin de semana alcancé la película número veinte en sólo cinco días pero no tuve demasiado tiempo extra como para sentarme a pensar las películas, asimilarlas, contextualizarlas y poder escribir sobre ellas. Lo que no significa que sea algo malo. Sino simplemente una pausa en este diario que estoy llevando que hoy busco remontar. Voy a hablar de tres de mis películas favoritas del fin de semana. A las tres las vi en las trasnoches respectivas del viernes, sábado y domingo. Justo cuando la luna alcanza su máxima plenitud y la ciudad se llena de fantasmas, de seres que errantes por las calles de Buenos Aires andan en busca de su propia salvación. Ahí estaba yo, trasnochando y viendo buen cine. Cine, aspirinas y buitres. Trasnoche. Triangulo isósceles rectángulo.
Tofu western. El viernes vi la última creación de Takashi Miike: Sukiyaki Western Django. ¿Es posible una relectura más acerca del género cinematográfico por excelencia? Parece que la respuesta es positiva. Miike logra volver a construir un mundo alrededor de las películas del oeste tomando elementos que pertenecen a su contexto pero descontextualizándolos, degenerándolos para darle forma a su criatura. De la misma forma que Tarantino tomó varias piezas de rompecabezas de películas de Samurai, Miike hace algo parecido con los westerns americanos. Pero ya no se trata de una parodia sino más bien de una ensalada donde se meten frutas y verduras en una procesadora y luego se condimentan con azúcar, pimienta y sal.
Sukiyaki Western Django resulta una película divertida, con la dosis justa de acción, quizás un poco menos cruda que otras películas de Miike pero con una dirección artística digna de ser vista. Será que últimamente estoy obsesionado con la escenografía y el vestuario. Los trajes de ambas familias mezclan elementos del cowboy, del indio y del samurai. Son uniformes pop que serían aplaudidos en alguna parade norteamericana pero que en la pantalla se lucen ampliamente. Sólo faltan algunas lentejuelas y la aparición de Bowie para volver a esos setenta que tanto me hubiera gustado haberlos vivido.
Este Bafici está despojado de las películas de artes marciales que sabía traernos Fernando Martín Peña, o de esas obras maestras de terror que disfrutamos el año pasado. En este contexto, hace bien tener nuevamente cerca a Takashi Miike con una película menos pretensiosa a nivel formal pero mucho más trabajada estéticamente. Sukiyaki Western Django o spaghetti western con salsa de soja y un poquito de sake.
Veo gente muerta. El festival puede ser comparado a una máquina del tiempo. Ves una película y enseguida te remite a otra que viste hace tres días, cuando no se trata de un dejà vú, esas películas que se repiten, se repiten y se repiten. El sábado por la madrugada fui a conocer a Otto, el nuevo amigo de Bruce Labruce. Por cierto, aquí no hubo dejà vú ni nada por el estilo. Más bien el descubrimiento de la nueva faceta de un director que ya había descubierto años atrás. Pero, ¿para bien o para mal? Eso es lo que estoy tratando de descubrir.“Mañana” hablaré de un film sobre la crítica cinematográfica. En él, Daniel Burman, entre otros, hablan de cuando el crítico, que tenía ciertas expectativas sobre un film, lo vapulea porque resultó ser totalmente diferente. ¿A quien no le ha pasado? Les aseguro que cuando uno pone todas las expectativas en un film y este no resulta como lo teníamos previsto nos enojamos, nos enfurecemos, llegamos a odiar al director y todo esto lo plasmamos después en nuestra crítica sobre la película. Alto. Después de haber visto Crítico no puedo ni quiero seguir haciendo lo mismo. Me detengo. Lo vuelvo a pensar. Y ahora sí estoy listo para hablarles de Otto.
Primero lo que yo esperaba. Esperaba una película de Bruce Labruce, tal y como me había erotizado con The Raspberry Reich. Sexo, semen y cuerpos trabajados, atravesados, eso sí, por una narración política. Una manera obscena de politizar, de discutir, de argumentar lo que muchas veces se piensa y no se dice, o se dice pero se utilizan medios muchísimos más radicales.
Y, finalmente, lo que encontré. En Otto; or Up With Dead People hay política, hay discurso y hay pornografía. Sólo que no la pornografía que se esperaba. Acá no sexo sino mas bien canibalismo. Y el semen es reemplazado por sangre. Bruce Labruce hace política de la sociedad post posmodernista a partir de la carne humana descompuesta y, esto, más que erotizarte repugna, simplemente da asco.Entonces, el film resulta diferente a lo que se esperaba. Las imágenes cruzan nuevamente por mi cabeza y continúo buscando una conclusión sobre ellas. De lo que estoy seguro es que Labruce no tenía otra forma para contar lo que debía ser dicho. El resultado no hubiera sido el mismo se volvía a los cuerpos penetrados que acaban unos contra otros. Porque la realidad hoy ni siquiera se acerca a la de las últimas décadas del siglo XX. Hoy empezamos a enfrentarnos a un universo más solitario, donde el hambre se hace presente, el hambre de las almas solitarias. Donde la soledad ya ni siquiera se presenta masturbatoria. Y, la orgía del final, lejos de ser pornográfica se muestra brutalmente bella, digno epílogo del mito del siglo XXI. Hombres amontonados, alimentándose unos con otros. Planos detalles. Luego, plano general. Otto errante, vagante en un atardecer que se muestra anaranjado, o violeta. Parece que mañana va a llover.
Horror Picture Show. Para hablar de género y de sexualidades diversas, diferentes, la historia del cine mundial encontró en el cine de terror anterior a la década del setenta su lugar de diálogo, discusión y expresión. Por mucho tiempo, vampiros, hombres lobos y monstruos en general fueron la metáfora de aquel grupo de seres de los cuales no se podía hablar, que habitaban juntos en un mundo underground y que, luego, de día, vagaban solitarios con sus caretas de “gente normal”. Hoy, gays y lesbianas, ya no tenemos que escondernos detrás de un alter ego que no nos pertenece y, de a poco vamos ganándonos nuestro propio espacio. Pero todavía hay mucho por construir y mucho más cuando somos seres habitantes de un eterno y solitario contexto post posmodernista.
Ayer, por la noche, me enamoré de una película del Bafici. Let the Right One In. Por un lado, un film complejo sobre un mundo más complejo aún. Un discurso que no todos lograrán entender pero que habla constantemente del mundo actual, sacando sus propias conclusiones. Por el otro, la historia de amor más bella y dulcemente triste del festival. Las manchas de una ternura queer que, como sangre, deja huellas en la blanca nieve de una noche fría de festival.
Él, un niño de doce años, ocho meses y días que no llego a recordar le pregunta a “ella” (doce años, más o menos), si pueden ser novios. “Ella” le aclara que no es una chica. Él le contesta, con una vos medidamente dulce y tierna, que no hay problema alguno. No puedo dejar de utilizar las palabras del gran DT quien me enseñó acerca de la ternura queer, de la ternura freak. En el suplemento Soy, de Página 12, DT escribe: Let the Right One In “no sólo despliega una seducción ambigua y una ternura macabra muy original, sino que mira tan de cerca el romance vampírico que genera una intimidad que estremece”. Y, si, más que carcajadas produce algo ahí justo en medio del estómago que entremezcla las mariposas del amor con esas ganas de huir corriendo a donde pueda ser salvado.
Estas son las películas que, en medio de un festival que tiene su propio tiempo, me sacan de contexto, me llevan a otros mundos, mundos diferentes, más cercanos a mi propia humanidad, forma de ser, de sentir, de expresarme. Ojalá algún día pueda presentar en el festival mi propia película tiernamente freak, tiernamente queer. Espero DT que ahí estés.