16 de abril de 2008

Mujeres

Este año el Bafici comenzó movidito. Como nunca, la primera función a la que asistí, Savage Grace, once y media de la mañana de un miércoles, amaneció agotada. Precavido, ya tenía en mi poder la entrada y pude asistir sin problemas, pero tuve que ver la película en primera fila, con las hermosas pecas de Juliane Moore en primerísimo primer plano. La nena de las ficciones de Caiga Quien Caiga, ante esta venta masiva de entradas, se apodera de mí y pregunta: ¿Será que el espíritu baficiano está últimamente despojado de buen cine? ¿O será que estamos cinematográficamente desesperados esperando ver algo nuevo? Finalmente, ¿será que queremos demostrarle al gobierno de turno que con el Bafici no se jode? Mejor vuelvo a mi tímida y retraída personalidad, apolítica y calladita y empiezo a hablar de lo que me compete: las películas del décimo Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Plano uno. Toma uno. La ciudad de las mujeres.

El cine, y su historia está presente para demostrarlo, es de las mujeres. No hablo aquí de aquellas féminas que están detrás de cámara sino de esos personajes femeninos inolvidables que nacieron allá a principios del siglo pasado, que continuaron surgiendo en el cine clásico y que hoy también encuentra su lugar en la pantalla contemporánea. La ciudad fílmica, cinematográfica, está habitada primera y significativamente por mujeres. ¿Mis preferidas? Desde Rita Hayworth hasta Nicole Kidman, pasando por Julie Delpy, Judy Garland, Drew Barrimore (algo tengo con Drew que no puedo negarlo), Catherine Deneuve y varias bellezas más. Supongo que esta teoría probada hasta el cansancio es la que quiso retomar Edgardo Cosarinski en su spot del Bafici que recuerda los primeros minutos de El desprecio de Godard.
Entonces, el primer día, resultó ser un día de películas de mujeres, protagonizadas por ellas y consumidas por el ojo cinematográfico hasta el cansancio. Es que el cine, señores, les pertenece (a ellas).

Lo primero es la familia. Si tuviera que elegir una actriz para que representara a mi madre en una película sobre mi vida (no se muy bien quién se interesaría por verla, pero síganme en mi ficción), sin lugar a dudas sería Julianne Moore, otra de mis actrices de cabecera. Pero no cualquiera de ellas. No podría decir que mi vieja se parece a la detective de Hannibal. Sino a la Juliane Moore de Todd Haynes. Ama de casa desesperada, solitaria, habitante de un mundo extraño y alejado de la realidad, dueña de una fuerza extraterrestre a la hora de luchar por su propio derredor. Pero cuyo final está destinado a un crepúsculo morado.

En Savage Grace, si bien no es una película de Haynes, la Julianne Moore que aparece retratada es familia de la protagonista de Safe o la de Lejos del paraíso. Una mujer atrapada en su propio universo decadente. Donde el concepto de la familia es tan moderno y salvaje como la gracia del título.

Después de la muerte de la posmodernidad, hay que comenzar a construir desde el hastío y ya no desde el caos. La guerra y la muerte están demasiado alejadas. Ahora hay que sembrar semilla y nacer desde el ocio, desde el aburrimiento. Bárbara pertenece a la clase alta norteamericana y se dedica a vagar por el mundo buscando nuevas experiencias. Pero, tras probarlo todo, ya no se distinguen sabores. Sin pecados, sin perdones, la vida pierde la gracia. Y agotado el sentido, lo salvaje desaparece volviéndose natural. Los instintos le ganan a las normas y lo que debió ser pronto es olvidado, dejado de lado, para abrir paso a la experimentación.

El error de la película está en no atreverse a las nuevas formas, a los nuevos lenguajes y, entonces, todo sabe un poco a viejo, a rancio. Tal como sucedía en Géminis de Albertina Carri. Sin embargo, el film por momentos se vuelve más crudo y es ahí donde gana mi atención. La cámara se eleva sobre una cama matrimonial donde duermen Bárbara y su amante. De repente, entra en la habitación Tony, su único hijo y se dirige hacia ellos. Se desnuda y se mete bajo las sábanas apoyándose sobre el cuerpo del hombre. Hay deseo en su mirada, hay calor en su comportamiento. Horas después despiertan. No se sorprenden y ríen. La madre besa a su amante y, este, comparte el beso con el hijo. Se tocan. Se desean. Y, el amante, es la excusa, de una escena de incesto netamente cinematográfica. Y esto en Géminis no sucede.

Sangre y chocolate. En la colorida y bien fotografiada, pero desgraciada argumental y actoralmente, película de las Bandana, las “chicas” del grupo elegido en un reallity show iban a parar a una estación de servicio, PNT mediante y terminaban masticando chocolate con cumbia como banda sonora. El dulce derretido entre los dientes de las ídolas teen pop se convirtió en uno de los travellings más desagradables de la historia del cine. Hoy, años después (con mi propio renacimiento cinematográfico) el chocolate se convierte en sangre que se derrite entre los dientes de la joven protagonista de La influencia. Y aquí, la desgraciada, no es la película sino la historia de esta niña y su hermano menor que indefectiblemente sería conducida, nunca mejor usada la palabra, hacia un camino sin salida.

Nuevamente la familia (y sobre todo la familia contemporánea, disfuncional, incomunicada) como tema. Y la obligatoriedad de crecer cuando aún no están maduras las semillas. La influencia narra la historia de otra mujer desesperada, ¿madre soltera o solitaria?, a cargo de sus dos hijos pequeños: la joven mencionada anteriormente (cuyas canciones en el MP3 deben estar tan alejadas de la música de las Bandana) y un niño de menos de seis años quienes desde la mitad de la película para adelante se convierten en protagonistas absolutos. Y todo esto, en un hogar sin figura paterna (ni materna) que, por momentos, recuerda a la hermosa Nobody Knows, sólo que de una forma mucho menos ceremoniosa, casi documental.

Es que el film, si tiene una voz narradora, es la de los propios chicos. Y, cuando la cámara se encierra con ellos en el hastiado departamento, cobra una vida que hasta el momento no tenía (paradoja mediante ya que es la muerte la que se apodera de la historia).

Hermano y hermana solos en un departamento que va metamorfoseándose con el correr de los días. E imágenes que hacen de una película imperfecta, un digno recuerdo imposible de borrar. Como la escena de las Bandana pero al "vesre". Es que en el cine, la forma prima sobre el contenido. Cámara lenta. Y gotas que caen sobre piedras calientes. Una máscara de Spiderman que brilla en la oscuridad. Churrascos que se fríen en aceite hirviendo. Y un canal de dibujos animados que acompaña con los colores y los sonidos una historia apática, marchita, silenciosa.La película tiene altibajos, sobre todo a la hora de fundir a negro, procedimiento cinematográfico abusado en todos los tipos de cine y que, en medio del Bafici, te invita a cerrar los ojos y soñar. Pero, la sonrisa de estos hermanos hace huella y, en los tiempos que corren, de chocolate derretido y telefilms pseudocinematográficos, eso es algo digno de hacer notar.

El día de las mujeres, las mujeres y el cine, las mujeres cinematográficas, lo concluí con Jogo de Cena y En la ciudad de Sylvia. La primera, comentada anteriormente en el blog, mostraba a las mujeres de manera cruda, en toda su complejidad y belleza. ¿Acaso vieron ustedes labios más grandes y rojos que aquellos que logra captar Coutinho en su película? La segunda, única y simplemente maravillosa, merece un párrafo aparte que ya vendrá. Por ahora, puedo adelantarles que, nuevamente se trata de la ciudad de las mujeres. Es la historia de un joven dibujante, dueño de los ojos más lindos que vi en mi vida, quien va en busca de su amada, la Sylvia del título por las calles y las caras de una misma ciudad.