El décimo Bafici hace humo. ¿Es que no vieron ustedes cómo se fuma en las películas de este festival? Voy a arriesgar una teoría. El mundo está cambiando. En medio de esta mutación nos encontramos abandonados en un banco de niebla, perdidos, solitarios, sin saber muy bien para donde ir. Y esa niebla nos enferma, nos paraliza, nos va matando de a poquito. La soledad es como un cigarrillo que se consume yaciente en un cenicero. De a poco, van apareciendo las cenizas que no distinguimos hasta que, de repente, caen todas juntas al suelo, desplomándose, quebrándose en mil partículas de las que solo queda un olor penetrante. Mmm... O quizás, simplemente, los guionistas de estas películas sean grandes fumadores y quieran reflejar en sus personajes uno más de sus vicios. Paradójico todo, porque desde la ley del tabaco, nada puede ser fumado dentro de las sedes del festival. Tranquilos muchachos que ya termina la peli y podrán salir a la calle con su puchito. Es que fuman tanto en las pantallas del festival que las ganas aparecen y se multiplican.
A propósito de cine II. La road movie del día de la fecha empezó tranquila con Les Amants Cinema, a un horario sano y apto para poder terminar de madrugada en el Atlas Santa Fe. En el film, Nicolas Klotz y su compañera de vida Elisabeth Perceval, reflejan a través de la cámara su propio universo cinematográfico (el documental lo dirige su hija Héléna Klotz). Tenía pensado ver La Question Humaine cuando armé mi grilla baficiana pero había quedado afuera entre otras opciones que me convencieron. Después de ver este documental, ansío conseguir entradas para cualquiera de las funciones que restan.
Les amants cinema habla sobre el cine. Y este pareciera ser el tema que recorre las pantallas del festival comandado por Sergio Wolf. ¿Qué es el cine? se preguntaba André Bazin. Acá, la pregunta es otra: ¿cómo es el cine?, apelando justamente a la forma cinematográfica más allá de cualquier contenido. Nicolas Klotz habla de que es ley nacional que los grandes relatos han muerto y que la gente no va mas al cine pero, luego, afirma que cuando estrena una película y ve los rostros de aquellos que concurren a la sala en busca de magia se asegura de que todo lo anterior no son más que bladerías. Que el cine está más vivo que nunca.
Entonces, la bandera baficiana se va llenando de colores. Más que nuevas formas, lo que se quiere expresar es que el cine, el de ayer, el de hoy y el de siempre, todavía continúa latiendo.
Nuevo, nuevo, nuevo cine argentino. Ya nadie sabe cómo llamarlo. Desde el nacimiento de Historias Breves hace más de una década, año tras año continúan apareciendo nuevos realizadores a los que hay que ir prestándoles atención. Las historias parecerían ser las mismas, la errante soledad de la que hablamos más arriba. Sin embargo, como un poco más abajo diremos, si es que algo debe cambiar es la forma. La segunda parada hoy me condujo hacia Luego, ópera prima de Carola Gliksberg.
El film está totalmente despejado de escenografía. Casi en su totalidad planos abiertos, fijos, cuadrados, en donde transcurren las acciones sobre un fondo blanco o neutro. El resto: los actores (repitiendo la fórmula Mateo – Pedrero que ya había funcionado y muy bien en Nadar Solo de Ezequiel Acuña, con algunas nuevas incursiones) y el mobiliario, único detalle que refleja el escenario en el que transcurre la acción.
Lo que queda entonces son esas palabras, esos silencios, esas miradas y esos detalles en la (¿no?) actuación de Santiago Pedrero y esa pequeña intriga que gira en torno a eso que quiere ser dicho por los protagonistas pero que, por miedo, por cobardía, será dicho luego. Luego es nunca y no es ahora.
La película es un buen comienzo pero no termina de convencer. Es una lástima que la copia que se vio en el Bafici sea de un digital de mala calidad, ya que su original es en material fílmico. Seguramente esos contrastes entre los fondos blancos bien nítidos e iluminados y esos personajes que parecerían ser sólo uno, se verían realmente hermosos en una buena copia final. Por ahora, solo resta esperar la maduración de esta joven realizadora. Y ver qué es lo que está sucediendo con el resto del cine argentino en este festival que recién comienza.
Ternura queer. Estando gestándome dentro del vientre cinematográfico (tengo menos de ocho años de vida cinéfila) había una película que ocupaba gran parte de mi vida personal y emocional. Se trataba de Mi mundo privado, aquel film de Gus Van Sant acerca de un grupo de taxi boys encabezado por el eterno River Phoenix y Keanu Reeves (le tenemos cariño, ¿no?). Todavía no entendía nada ni del cine ni de mi propia vida y, sin embargo, la película me producía ciertas cosquillas en el estómago. Más de una década después vuelvo a descubrirme adolescente ante la ópera prima de quien luego se convirtió en uno de mis directores favoritos (a pesar de sus desaciertos, sí, a pesar de Psicosis) y vuelvo a identificarme con los chicos de la pantalla y su ternura queer. Ternura que en 1985 sólo podía expresarse haciendo cine independiente, a través de una fotografía sucia y oscura, que ocultara más que sacara a la luz. Hoy, estos elementos que nacieron desde una necesidad de expresarse, de darse a conocer, se convirtieron en rasgos de estilo para un lenguaje cinematográfico queer que está buscando su lugar en la pantalla. Ternura que emana ese Súper 8 con que termina la película. Ternura adolescente, textura queer.
¿Se puede encontrar algo del Van Sant de Mala noche en su cine posterior, en Last days o Elephant? La forma en que los personajes habitan los espacios, en que los actores se apropian de los escenarios y, nuevamente, esa ternura gris y adolescente, alejada de lo naif, cercano a lo queer, brillante.
En Mala noche nos encontramos ante un Gus Van Sant que aún en su primer película ya encuentra un canal de transmisión, algo que decir y una estética (interesante) para hacerlo. Es una película despareja. Pero cuyas desprolijidades van a pasar a formar parte de esta estética luego encontrada. Lo queer, lo diferente nunca puede ser lo perfecto sino más bien lo inacabado. Las texturas del 16mm o el Súper 8, los diálogos malamente doblados, ese mexicano for export, los personajes de la calle, la mirada documental, ¡la música almodovariana! Y los cuerpos desnudos imperfectos que erotizan aún más que aquellos trabajados en el gimnasio en unos primerísimos primeros planos inolvidables. Cuanto más pienso la película aún más termina gustándome.
En una de las escenas, el protagonista aparece a través de la puerta del departamento envuelto en una nube de humo. Más allá de la carcajada general y el divismo queer buscado por el director, el humo es el signo por excelencia de este Bafici. Puede significar lo oculto o lo por descubrir, ese misterio mágico que se esconde detrás del hecho cinematográfico o el cáncer de la post posmodernidad que termina afectándonos a todos. Promediando el festival, vi alrededor de una veintena de películas y no recuerdo una sola película en la que no se fume. ¿Casualidad, azar, simple jugarreta del destino? El Bafici hace humo.