16 de abril de 2008

Ficciones

Anoche, las pantallas cinematográficas porteñas se tiñeron nuevamente con los colores del cine. No hay arte ni tecnología que pueda reemplazar o superar al proyector de cine porque, una vez que las luces de la sala se apagan, la verdadera magia se hace presente y cada uno de nosotros, espectadores, seamos críticos o cineastas, jóvenes o adultos, crédulos o no, nos dejamos llevar hacia un mundo diferente. Y ese mundo está más cercano a lo onírico, a los sueños, de lo que creemos. Por eso, cuando se enciende un proyector de cine y más aún cuando esto sucede multiplicadas veces en un festival de cine, la realidad ya no importa, ya no existe. Solamente nos dejamos llevar.

La gente del Bafici, este año, eligió una película realmente especial para la apertura. Se trata de Jogo de Cena que, como su nombre lo indica, es una especie de juego cinematográfico que Coutinho nos porpone para hablar de cine. Hacia allí vamos.

A propósito de cine. Mal de males, el casting es una de las herramientas que el realizador tiene a la hora de buscar actores para (re)presentar a sus personajes. Aquí, las entrevistadas son mujeres de todas las edades que cuentan sus historias de vida a cámara y sin pudores. Pero, el verdadero juego (la verdadera película) comienza cuando descubrimos que, entre ellas, hay mimetizadas actrices “de verdad” que nos están actuando esa historia y que están allí, convocadas por el director, para, directa o indirectamente, hablarnos de cine.

Entonces, el CINE, en toda su complejidad, en su totalidad y en mayúsculas, es ampliamente representado por el Bafici que nos trae cortometrajes y largometrajes, documentales y películas de ficción, ficciones y realidades. Me detengo a pensar la teoría propuesta por Coutinho y, sin lugar a dudas, tengo que cambiar el párrafo anterior. La realidad puesta delante de una cámara, atravezada por un objetivo cinematográfico, deja de ser realidad para convertirse en ficción. Es mentira.

Si llegan a ver Jogo de Cena, si entran en el juego propuesto por el realizador brasileño, es muy probable que se sientan desorientados al salir de la sala, tratando de descubrir cuántas y cuáles de esas mujeres eran de “verdad”. Eso ya no importa. Después de la nouvelle vague, después del denominado cine de autor, después de jugar este juego de escena de Coutinho, la verdad llamada verdadera muere ante la presencia de una cámara de cine y el realizador se vuelve mago por excelencia, dueño de un don único, el de narrador de ficciones que, este año, en el décimo Bafici, están más presentes que nunca.

Independiente o industrial (no puedo dejar pasar la sonrisa popular ante el relato de Buscando a Nemo de una de las protagonistas de Jogo de Cena), el cine es cine y es ficción y es relato, narración, juego y juguete, magia, mito, sueño, luz, color… ¡vida! ¿Acaso conocen algún otro aparato que así como te hace reir te hace llorar y así como puede parar la lluvia puede hacerte bailar?

Las puertas del Bafici, bien celestes este año, se abrieron. Hay cine para rato. Y, más allá de mi nota anterior, no importan cuántas ni cuáles películas vayan a ver. No importa si se pierden la última de Takashi Miike o la gran ganadora del público. Solamente pasen por el cine y espíen. Anímense a dejarse conducir por el azar y vean lo primero que se les viene a la cabeza. No se si se van a divertir. No se si van a poder mantenerse despiertos. Lo que si se es que van a viajar a otro mundo. Y eso no es poca cosa.

¿Tienen sus boletos? El tranvía a París está arrancando.