Entre las muy diferentes películas del décimo Bafici, que por primera vez superó los cien mil espectadores en menos de cinco días, hubo un film, quizás más pequeño y de menor concurrencia, que me llegó de manera personal y del que me gustaría hablar, a partir de los comentarios recibidos días atrás en este mismo blog. La película en cuestión era Crítico, un documental que mostraba a críticos y cineastas de todo el mundo hablando, justamente, sobre la relación entre el cine y la crítica. ¿Acaso hay algún sinónimo que pueda utilizar?
La proyección la abrió Javier Porta Fouz, uno de los programadores del Bafici y redactor de la revista El Amante, con una frase de Oscar Wilde: “Toda crítica es una autobiografía”. Hoy, me atrevo a señalar que toda crítica, además de ser una autobiografía (un texto de estilo propio que nace a partir de una película o, mejor dicho, la transposición de una película al estilo propio) es también una autocrítica. Quizás sea esta una de las razones por las que yo también me siento crítico de cine, aunque todavía no tenga tantas herramientas como para hacerlo (bien).
Más que un ratón de biblioteca, yo era un sujeto posmoderno. E, instalado en el mundo de las comunicaciones, siempre estuve más cercano a un televisor que a un libro. Sin embargo, cuando llegó a mis manos la decisión de estudiar una carrera ligada con los medios “algo” me llevó a estudiar realización cinematográfica. Y, recién ahí, debuté ante la pantalla de cine.
Mis primeras veces con el cine marcaron un rumbo distinto en mi vida que me impulsó a crecer y, a la vez, descubrir un medio, mucho más maravilloso, con el cual podía expresarme, haciendo cine y hablando a propósito de él.
Entonces, hacer crítica es aprender, aprender acerca de lo cinematográfico y onírico pero, sobre todo, aprender acerca de uno mismo. Encontrar un lenguaje y un estilo para darse a conocer en el mundo. Recordar, avocar y construir. Desarmar, rearmar e imaginar. Es hacer cine pero a través de las palabras.
No se trata de una frustración sino de una búsqueda de expresión a través de otros medios o lenguajes que se relacionan con las imágenes pero que no son ellas. Y en esa búsqueda, en mi propia búsqueda, no pretendo, al menos en el comienzo, ser un poeta. Me conformo con llevarle hasta el mundo de quien me lee mi propio encuentro o desencuentro con alguna película que pasó por mi vida.
Ese, simplemente, era el objetivo de este blog. Darme a conocer como crítico o, mejor aún, darme a conocer como persona y compartir con ustedes mi nacimiento como amante de lo cinematográfico.
En mi vida, más que frustraciones hay intentos y nuevos intentos y búsquedas y nuevas búsquedas. Pocos nacen siendo Orson Welles. Pocos nacen siendo Francois Truffaut. El resto se va formando poco a poco, más como artesanos que como artistas, pero poniéndole las mismas fuerzas y energías para estar, en algún momento, entre los grandes que forjaron la cinematografía mundial. Y, justamente, lo que importa, no es el resultado final sino ese recorrido de aprendizaje, de búsqueda en nuestro propio interior que nos lleva a ser lo que somos. Mejores o peores, patéticos o ganadores, lastimosos o luchadores.
No hay mucho más para decir. Coincido con quien señaló en el documental que la crítica es como la sangre, está en movimiento constante y cae en el papel con palabras que no siempre son las correctas pero que buscan reflejar lo que se vivió en la pantalla.
Hay diferentes tipos de crítica (y de críticos) y muchas veces pueden equivocarse (puedo equivocarme). Por eso, en mi caso personal, busco no ensañarme con una película sino encontrar lo que me dejó de positivo. Pero, claro, es mucho más fácil despotricar contra una película o contra alguien que ponernos, en conjunto, a construir algo nuevo.
Mi camino recién comienza. Todavía tengo muchísimo que leer y muchísimo que mirar. Y también muchísimo que hacer. Ni Paris, ni Hollywood, ni siquiera el Obelisco fueron levantados de un día para otro. Lo bueno es que tenemos (tengo) el tiempo al alcance de las manos.
Espero no haber parecido fatalista pues no me habría acercado al objetivo de este posteo. Pero, tanto críticos como cineastas, o proyectos de críticos y cineastas, a veces tenemos esas manías de sobreactuarlo todo, de llevar los sentimientos a extremos. Lo ideal siempre es el equilibrio y este se aprehende haciendo. Por lo que no voy a dejar de hacer. Para quien quiera acompañarme la invitación está hecha.
En estos días, voy a cerrar el diario del festival con los últimos comentarios sobre aquellas películas que dejaron alguna huella perdida por ahí, marcada en mi pequeña historia. Todavía quedan cuatro días de cine y varias películas a las que les apuesto. Y un recital de Benjamín Biolay. A pesar de tropiezos y caídas, el cine sigue vivo y al alcance de nuestros ojos.
N.
PD: Los comentarios vuelven a ser abiertos para quien quiera expresar su parecer.
17 de abril de 2008
16 de abril de 2008
Noche
El tiempo real le ganó al tiempo del Bafici, al menos en mi reloj. Durante el fin de semana alcancé la película número veinte en sólo cinco días pero no tuve demasiado tiempo extra como para sentarme a pensar las películas, asimilarlas, contextualizarlas y poder escribir sobre ellas. Lo que no significa que sea algo malo. Sino simplemente una pausa en este diario que estoy llevando que hoy busco remontar. Voy a hablar de tres de mis películas favoritas del fin de semana. A las tres las vi en las trasnoches respectivas del viernes, sábado y domingo. Justo cuando la luna alcanza su máxima plenitud y la ciudad se llena de fantasmas, de seres que errantes por las calles de Buenos Aires andan en busca de su propia salvación. Ahí estaba yo, trasnochando y viendo buen cine. Cine, aspirinas y buitres. Trasnoche. Triangulo isósceles rectángulo.
Tofu western. El viernes vi la última creación de Takashi Miike: Sukiyaki Western Django. ¿Es posible una relectura más acerca del género cinematográfico por excelencia? Parece que la respuesta es positiva. Miike logra volver a construir un mundo alrededor de las películas del oeste tomando elementos que pertenecen a su contexto pero descontextualizándolos, degenerándolos para darle forma a su criatura. De la misma forma que Tarantino tomó varias piezas de rompecabezas de películas de Samurai, Miike hace algo parecido con los westerns americanos. Pero ya no se trata de una parodia sino más bien de una ensalada donde se meten frutas y verduras en una procesadora y luego se condimentan con azúcar, pimienta y sal.
Sukiyaki Western Django resulta una película divertida, con la dosis justa de acción, quizás un poco menos cruda que otras películas de Miike pero con una dirección artística digna de ser vista. Será que últimamente estoy obsesionado con la escenografía y el vestuario. Los trajes de ambas familias mezclan elementos del cowboy, del indio y del samurai. Son uniformes pop que serían aplaudidos en alguna parade norteamericana pero que en la pantalla se lucen ampliamente. Sólo faltan algunas lentejuelas y la aparición de Bowie para volver a esos setenta que tanto me hubiera gustado haberlos vivido.
Este Bafici está despojado de las películas de artes marciales que sabía traernos Fernando Martín Peña, o de esas obras maestras de terror que disfrutamos el año pasado. En este contexto, hace bien tener nuevamente cerca a Takashi Miike con una película menos pretensiosa a nivel formal pero mucho más trabajada estéticamente. Sukiyaki Western Django o spaghetti western con salsa de soja y un poquito de sake.
Veo gente muerta. El festival puede ser comparado a una máquina del tiempo. Ves una película y enseguida te remite a otra que viste hace tres días, cuando no se trata de un dejà vú, esas películas que se repiten, se repiten y se repiten. El sábado por la madrugada fui a conocer a Otto, el nuevo amigo de Bruce Labruce. Por cierto, aquí no hubo dejà vú ni nada por el estilo. Más bien el descubrimiento de la nueva faceta de un director que ya había descubierto años atrás. Pero, ¿para bien o para mal? Eso es lo que estoy tratando de descubrir.“Mañana” hablaré de un film sobre la crítica cinematográfica. En él, Daniel Burman, entre otros, hablan de cuando el crítico, que tenía ciertas expectativas sobre un film, lo vapulea porque resultó ser totalmente diferente. ¿A quien no le ha pasado? Les aseguro que cuando uno pone todas las expectativas en un film y este no resulta como lo teníamos previsto nos enojamos, nos enfurecemos, llegamos a odiar al director y todo esto lo plasmamos después en nuestra crítica sobre la película. Alto. Después de haber visto Crítico no puedo ni quiero seguir haciendo lo mismo. Me detengo. Lo vuelvo a pensar. Y ahora sí estoy listo para hablarles de Otto.
Primero lo que yo esperaba. Esperaba una película de Bruce Labruce, tal y como me había erotizado con The Raspberry Reich. Sexo, semen y cuerpos trabajados, atravesados, eso sí, por una narración política. Una manera obscena de politizar, de discutir, de argumentar lo que muchas veces se piensa y no se dice, o se dice pero se utilizan medios muchísimos más radicales.
Y, finalmente, lo que encontré. En Otto; or Up With Dead People hay política, hay discurso y hay pornografía. Sólo que no la pornografía que se esperaba. Acá no sexo sino mas bien canibalismo. Y el semen es reemplazado por sangre. Bruce Labruce hace política de la sociedad post posmodernista a partir de la carne humana descompuesta y, esto, más que erotizarte repugna, simplemente da asco.Entonces, el film resulta diferente a lo que se esperaba. Las imágenes cruzan nuevamente por mi cabeza y continúo buscando una conclusión sobre ellas. De lo que estoy seguro es que Labruce no tenía otra forma para contar lo que debía ser dicho. El resultado no hubiera sido el mismo se volvía a los cuerpos penetrados que acaban unos contra otros. Porque la realidad hoy ni siquiera se acerca a la de las últimas décadas del siglo XX. Hoy empezamos a enfrentarnos a un universo más solitario, donde el hambre se hace presente, el hambre de las almas solitarias. Donde la soledad ya ni siquiera se presenta masturbatoria. Y, la orgía del final, lejos de ser pornográfica se muestra brutalmente bella, digno epílogo del mito del siglo XXI. Hombres amontonados, alimentándose unos con otros. Planos detalles. Luego, plano general. Otto errante, vagante en un atardecer que se muestra anaranjado, o violeta. Parece que mañana va a llover.
Horror Picture Show. Para hablar de género y de sexualidades diversas, diferentes, la historia del cine mundial encontró en el cine de terror anterior a la década del setenta su lugar de diálogo, discusión y expresión. Por mucho tiempo, vampiros, hombres lobos y monstruos en general fueron la metáfora de aquel grupo de seres de los cuales no se podía hablar, que habitaban juntos en un mundo underground y que, luego, de día, vagaban solitarios con sus caretas de “gente normal”. Hoy, gays y lesbianas, ya no tenemos que escondernos detrás de un alter ego que no nos pertenece y, de a poco vamos ganándonos nuestro propio espacio. Pero todavía hay mucho por construir y mucho más cuando somos seres habitantes de un eterno y solitario contexto post posmodernista.
Ayer, por la noche, me enamoré de una película del Bafici. Let the Right One In. Por un lado, un film complejo sobre un mundo más complejo aún. Un discurso que no todos lograrán entender pero que habla constantemente del mundo actual, sacando sus propias conclusiones. Por el otro, la historia de amor más bella y dulcemente triste del festival. Las manchas de una ternura queer que, como sangre, deja huellas en la blanca nieve de una noche fría de festival.
Él, un niño de doce años, ocho meses y días que no llego a recordar le pregunta a “ella” (doce años, más o menos), si pueden ser novios. “Ella” le aclara que no es una chica. Él le contesta, con una vos medidamente dulce y tierna, que no hay problema alguno. No puedo dejar de utilizar las palabras del gran DT quien me enseñó acerca de la ternura queer, de la ternura freak. En el suplemento Soy, de Página 12, DT escribe: Let the Right One In “no sólo despliega una seducción ambigua y una ternura macabra muy original, sino que mira tan de cerca el romance vampírico que genera una intimidad que estremece”. Y, si, más que carcajadas produce algo ahí justo en medio del estómago que entremezcla las mariposas del amor con esas ganas de huir corriendo a donde pueda ser salvado.
Estas son las películas que, en medio de un festival que tiene su propio tiempo, me sacan de contexto, me llevan a otros mundos, mundos diferentes, más cercanos a mi propia humanidad, forma de ser, de sentir, de expresarme. Ojalá algún día pueda presentar en el festival mi propia película tiernamente freak, tiernamente queer. Espero DT que ahí estés.
Tofu western. El viernes vi la última creación de Takashi Miike: Sukiyaki Western Django. ¿Es posible una relectura más acerca del género cinematográfico por excelencia? Parece que la respuesta es positiva. Miike logra volver a construir un mundo alrededor de las películas del oeste tomando elementos que pertenecen a su contexto pero descontextualizándolos, degenerándolos para darle forma a su criatura. De la misma forma que Tarantino tomó varias piezas de rompecabezas de películas de Samurai, Miike hace algo parecido con los westerns americanos. Pero ya no se trata de una parodia sino más bien de una ensalada donde se meten frutas y verduras en una procesadora y luego se condimentan con azúcar, pimienta y sal.
Sukiyaki Western Django resulta una película divertida, con la dosis justa de acción, quizás un poco menos cruda que otras películas de Miike pero con una dirección artística digna de ser vista. Será que últimamente estoy obsesionado con la escenografía y el vestuario. Los trajes de ambas familias mezclan elementos del cowboy, del indio y del samurai. Son uniformes pop que serían aplaudidos en alguna parade norteamericana pero que en la pantalla se lucen ampliamente. Sólo faltan algunas lentejuelas y la aparición de Bowie para volver a esos setenta que tanto me hubiera gustado haberlos vivido.
Este Bafici está despojado de las películas de artes marciales que sabía traernos Fernando Martín Peña, o de esas obras maestras de terror que disfrutamos el año pasado. En este contexto, hace bien tener nuevamente cerca a Takashi Miike con una película menos pretensiosa a nivel formal pero mucho más trabajada estéticamente. Sukiyaki Western Django o spaghetti western con salsa de soja y un poquito de sake.
Veo gente muerta. El festival puede ser comparado a una máquina del tiempo. Ves una película y enseguida te remite a otra que viste hace tres días, cuando no se trata de un dejà vú, esas películas que se repiten, se repiten y se repiten. El sábado por la madrugada fui a conocer a Otto, el nuevo amigo de Bruce Labruce. Por cierto, aquí no hubo dejà vú ni nada por el estilo. Más bien el descubrimiento de la nueva faceta de un director que ya había descubierto años atrás. Pero, ¿para bien o para mal? Eso es lo que estoy tratando de descubrir.“Mañana” hablaré de un film sobre la crítica cinematográfica. En él, Daniel Burman, entre otros, hablan de cuando el crítico, que tenía ciertas expectativas sobre un film, lo vapulea porque resultó ser totalmente diferente. ¿A quien no le ha pasado? Les aseguro que cuando uno pone todas las expectativas en un film y este no resulta como lo teníamos previsto nos enojamos, nos enfurecemos, llegamos a odiar al director y todo esto lo plasmamos después en nuestra crítica sobre la película. Alto. Después de haber visto Crítico no puedo ni quiero seguir haciendo lo mismo. Me detengo. Lo vuelvo a pensar. Y ahora sí estoy listo para hablarles de Otto.
Primero lo que yo esperaba. Esperaba una película de Bruce Labruce, tal y como me había erotizado con The Raspberry Reich. Sexo, semen y cuerpos trabajados, atravesados, eso sí, por una narración política. Una manera obscena de politizar, de discutir, de argumentar lo que muchas veces se piensa y no se dice, o se dice pero se utilizan medios muchísimos más radicales.
Y, finalmente, lo que encontré. En Otto; or Up With Dead People hay política, hay discurso y hay pornografía. Sólo que no la pornografía que se esperaba. Acá no sexo sino mas bien canibalismo. Y el semen es reemplazado por sangre. Bruce Labruce hace política de la sociedad post posmodernista a partir de la carne humana descompuesta y, esto, más que erotizarte repugna, simplemente da asco.Entonces, el film resulta diferente a lo que se esperaba. Las imágenes cruzan nuevamente por mi cabeza y continúo buscando una conclusión sobre ellas. De lo que estoy seguro es que Labruce no tenía otra forma para contar lo que debía ser dicho. El resultado no hubiera sido el mismo se volvía a los cuerpos penetrados que acaban unos contra otros. Porque la realidad hoy ni siquiera se acerca a la de las últimas décadas del siglo XX. Hoy empezamos a enfrentarnos a un universo más solitario, donde el hambre se hace presente, el hambre de las almas solitarias. Donde la soledad ya ni siquiera se presenta masturbatoria. Y, la orgía del final, lejos de ser pornográfica se muestra brutalmente bella, digno epílogo del mito del siglo XXI. Hombres amontonados, alimentándose unos con otros. Planos detalles. Luego, plano general. Otto errante, vagante en un atardecer que se muestra anaranjado, o violeta. Parece que mañana va a llover.
Horror Picture Show. Para hablar de género y de sexualidades diversas, diferentes, la historia del cine mundial encontró en el cine de terror anterior a la década del setenta su lugar de diálogo, discusión y expresión. Por mucho tiempo, vampiros, hombres lobos y monstruos en general fueron la metáfora de aquel grupo de seres de los cuales no se podía hablar, que habitaban juntos en un mundo underground y que, luego, de día, vagaban solitarios con sus caretas de “gente normal”. Hoy, gays y lesbianas, ya no tenemos que escondernos detrás de un alter ego que no nos pertenece y, de a poco vamos ganándonos nuestro propio espacio. Pero todavía hay mucho por construir y mucho más cuando somos seres habitantes de un eterno y solitario contexto post posmodernista.
Ayer, por la noche, me enamoré de una película del Bafici. Let the Right One In. Por un lado, un film complejo sobre un mundo más complejo aún. Un discurso que no todos lograrán entender pero que habla constantemente del mundo actual, sacando sus propias conclusiones. Por el otro, la historia de amor más bella y dulcemente triste del festival. Las manchas de una ternura queer que, como sangre, deja huellas en la blanca nieve de una noche fría de festival.
Él, un niño de doce años, ocho meses y días que no llego a recordar le pregunta a “ella” (doce años, más o menos), si pueden ser novios. “Ella” le aclara que no es una chica. Él le contesta, con una vos medidamente dulce y tierna, que no hay problema alguno. No puedo dejar de utilizar las palabras del gran DT quien me enseñó acerca de la ternura queer, de la ternura freak. En el suplemento Soy, de Página 12, DT escribe: Let the Right One In “no sólo despliega una seducción ambigua y una ternura macabra muy original, sino que mira tan de cerca el romance vampírico que genera una intimidad que estremece”. Y, si, más que carcajadas produce algo ahí justo en medio del estómago que entremezcla las mariposas del amor con esas ganas de huir corriendo a donde pueda ser salvado.
Estas son las películas que, en medio de un festival que tiene su propio tiempo, me sacan de contexto, me llevan a otros mundos, mundos diferentes, más cercanos a mi propia humanidad, forma de ser, de sentir, de expresarme. Ojalá algún día pueda presentar en el festival mi propia película tiernamente freak, tiernamente queer. Espero DT que ahí estés.
Humo
El décimo Bafici hace humo. ¿Es que no vieron ustedes cómo se fuma en las películas de este festival? Voy a arriesgar una teoría. El mundo está cambiando. En medio de esta mutación nos encontramos abandonados en un banco de niebla, perdidos, solitarios, sin saber muy bien para donde ir. Y esa niebla nos enferma, nos paraliza, nos va matando de a poquito. La soledad es como un cigarrillo que se consume yaciente en un cenicero. De a poco, van apareciendo las cenizas que no distinguimos hasta que, de repente, caen todas juntas al suelo, desplomándose, quebrándose en mil partículas de las que solo queda un olor penetrante. Mmm... O quizás, simplemente, los guionistas de estas películas sean grandes fumadores y quieran reflejar en sus personajes uno más de sus vicios. Paradójico todo, porque desde la ley del tabaco, nada puede ser fumado dentro de las sedes del festival. Tranquilos muchachos que ya termina la peli y podrán salir a la calle con su puchito. Es que fuman tanto en las pantallas del festival que las ganas aparecen y se multiplican.
A propósito de cine II. La road movie del día de la fecha empezó tranquila con Les Amants Cinema, a un horario sano y apto para poder terminar de madrugada en el Atlas Santa Fe. En el film, Nicolas Klotz y su compañera de vida Elisabeth Perceval, reflejan a través de la cámara su propio universo cinematográfico (el documental lo dirige su hija Héléna Klotz). Tenía pensado ver La Question Humaine cuando armé mi grilla baficiana pero había quedado afuera entre otras opciones que me convencieron. Después de ver este documental, ansío conseguir entradas para cualquiera de las funciones que restan.
Les amants cinema habla sobre el cine. Y este pareciera ser el tema que recorre las pantallas del festival comandado por Sergio Wolf. ¿Qué es el cine? se preguntaba André Bazin. Acá, la pregunta es otra: ¿cómo es el cine?, apelando justamente a la forma cinematográfica más allá de cualquier contenido. Nicolas Klotz habla de que es ley nacional que los grandes relatos han muerto y que la gente no va mas al cine pero, luego, afirma que cuando estrena una película y ve los rostros de aquellos que concurren a la sala en busca de magia se asegura de que todo lo anterior no son más que bladerías. Que el cine está más vivo que nunca.
Entonces, la bandera baficiana se va llenando de colores. Más que nuevas formas, lo que se quiere expresar es que el cine, el de ayer, el de hoy y el de siempre, todavía continúa latiendo.
Nuevo, nuevo, nuevo cine argentino. Ya nadie sabe cómo llamarlo. Desde el nacimiento de Historias Breves hace más de una década, año tras año continúan apareciendo nuevos realizadores a los que hay que ir prestándoles atención. Las historias parecerían ser las mismas, la errante soledad de la que hablamos más arriba. Sin embargo, como un poco más abajo diremos, si es que algo debe cambiar es la forma. La segunda parada hoy me condujo hacia Luego, ópera prima de Carola Gliksberg.
El film está totalmente despejado de escenografía. Casi en su totalidad planos abiertos, fijos, cuadrados, en donde transcurren las acciones sobre un fondo blanco o neutro. El resto: los actores (repitiendo la fórmula Mateo – Pedrero que ya había funcionado y muy bien en Nadar Solo de Ezequiel Acuña, con algunas nuevas incursiones) y el mobiliario, único detalle que refleja el escenario en el que transcurre la acción.
Lo que queda entonces son esas palabras, esos silencios, esas miradas y esos detalles en la (¿no?) actuación de Santiago Pedrero y esa pequeña intriga que gira en torno a eso que quiere ser dicho por los protagonistas pero que, por miedo, por cobardía, será dicho luego. Luego es nunca y no es ahora.
La película es un buen comienzo pero no termina de convencer. Es una lástima que la copia que se vio en el Bafici sea de un digital de mala calidad, ya que su original es en material fílmico. Seguramente esos contrastes entre los fondos blancos bien nítidos e iluminados y esos personajes que parecerían ser sólo uno, se verían realmente hermosos en una buena copia final. Por ahora, solo resta esperar la maduración de esta joven realizadora. Y ver qué es lo que está sucediendo con el resto del cine argentino en este festival que recién comienza.
Ternura queer. Estando gestándome dentro del vientre cinematográfico (tengo menos de ocho años de vida cinéfila) había una película que ocupaba gran parte de mi vida personal y emocional. Se trataba de Mi mundo privado, aquel film de Gus Van Sant acerca de un grupo de taxi boys encabezado por el eterno River Phoenix y Keanu Reeves (le tenemos cariño, ¿no?). Todavía no entendía nada ni del cine ni de mi propia vida y, sin embargo, la película me producía ciertas cosquillas en el estómago. Más de una década después vuelvo a descubrirme adolescente ante la ópera prima de quien luego se convirtió en uno de mis directores favoritos (a pesar de sus desaciertos, sí, a pesar de Psicosis) y vuelvo a identificarme con los chicos de la pantalla y su ternura queer. Ternura que en 1985 sólo podía expresarse haciendo cine independiente, a través de una fotografía sucia y oscura, que ocultara más que sacara a la luz. Hoy, estos elementos que nacieron desde una necesidad de expresarse, de darse a conocer, se convirtieron en rasgos de estilo para un lenguaje cinematográfico queer que está buscando su lugar en la pantalla. Ternura que emana ese Súper 8 con que termina la película. Ternura adolescente, textura queer.
¿Se puede encontrar algo del Van Sant de Mala noche en su cine posterior, en Last days o Elephant? La forma en que los personajes habitan los espacios, en que los actores se apropian de los escenarios y, nuevamente, esa ternura gris y adolescente, alejada de lo naif, cercano a lo queer, brillante.
En Mala noche nos encontramos ante un Gus Van Sant que aún en su primer película ya encuentra un canal de transmisión, algo que decir y una estética (interesante) para hacerlo. Es una película despareja. Pero cuyas desprolijidades van a pasar a formar parte de esta estética luego encontrada. Lo queer, lo diferente nunca puede ser lo perfecto sino más bien lo inacabado. Las texturas del 16mm o el Súper 8, los diálogos malamente doblados, ese mexicano for export, los personajes de la calle, la mirada documental, ¡la música almodovariana! Y los cuerpos desnudos imperfectos que erotizan aún más que aquellos trabajados en el gimnasio en unos primerísimos primeros planos inolvidables. Cuanto más pienso la película aún más termina gustándome.
En una de las escenas, el protagonista aparece a través de la puerta del departamento envuelto en una nube de humo. Más allá de la carcajada general y el divismo queer buscado por el director, el humo es el signo por excelencia de este Bafici. Puede significar lo oculto o lo por descubrir, ese misterio mágico que se esconde detrás del hecho cinematográfico o el cáncer de la post posmodernidad que termina afectándonos a todos. Promediando el festival, vi alrededor de una veintena de películas y no recuerdo una sola película en la que no se fume. ¿Casualidad, azar, simple jugarreta del destino? El Bafici hace humo.
A propósito de cine II. La road movie del día de la fecha empezó tranquila con Les Amants Cinema, a un horario sano y apto para poder terminar de madrugada en el Atlas Santa Fe. En el film, Nicolas Klotz y su compañera de vida Elisabeth Perceval, reflejan a través de la cámara su propio universo cinematográfico (el documental lo dirige su hija Héléna Klotz). Tenía pensado ver La Question Humaine cuando armé mi grilla baficiana pero había quedado afuera entre otras opciones que me convencieron. Después de ver este documental, ansío conseguir entradas para cualquiera de las funciones que restan.
Les amants cinema habla sobre el cine. Y este pareciera ser el tema que recorre las pantallas del festival comandado por Sergio Wolf. ¿Qué es el cine? se preguntaba André Bazin. Acá, la pregunta es otra: ¿cómo es el cine?, apelando justamente a la forma cinematográfica más allá de cualquier contenido. Nicolas Klotz habla de que es ley nacional que los grandes relatos han muerto y que la gente no va mas al cine pero, luego, afirma que cuando estrena una película y ve los rostros de aquellos que concurren a la sala en busca de magia se asegura de que todo lo anterior no son más que bladerías. Que el cine está más vivo que nunca.
Entonces, la bandera baficiana se va llenando de colores. Más que nuevas formas, lo que se quiere expresar es que el cine, el de ayer, el de hoy y el de siempre, todavía continúa latiendo.
Nuevo, nuevo, nuevo cine argentino. Ya nadie sabe cómo llamarlo. Desde el nacimiento de Historias Breves hace más de una década, año tras año continúan apareciendo nuevos realizadores a los que hay que ir prestándoles atención. Las historias parecerían ser las mismas, la errante soledad de la que hablamos más arriba. Sin embargo, como un poco más abajo diremos, si es que algo debe cambiar es la forma. La segunda parada hoy me condujo hacia Luego, ópera prima de Carola Gliksberg.
El film está totalmente despejado de escenografía. Casi en su totalidad planos abiertos, fijos, cuadrados, en donde transcurren las acciones sobre un fondo blanco o neutro. El resto: los actores (repitiendo la fórmula Mateo – Pedrero que ya había funcionado y muy bien en Nadar Solo de Ezequiel Acuña, con algunas nuevas incursiones) y el mobiliario, único detalle que refleja el escenario en el que transcurre la acción.
Lo que queda entonces son esas palabras, esos silencios, esas miradas y esos detalles en la (¿no?) actuación de Santiago Pedrero y esa pequeña intriga que gira en torno a eso que quiere ser dicho por los protagonistas pero que, por miedo, por cobardía, será dicho luego. Luego es nunca y no es ahora.
La película es un buen comienzo pero no termina de convencer. Es una lástima que la copia que se vio en el Bafici sea de un digital de mala calidad, ya que su original es en material fílmico. Seguramente esos contrastes entre los fondos blancos bien nítidos e iluminados y esos personajes que parecerían ser sólo uno, se verían realmente hermosos en una buena copia final. Por ahora, solo resta esperar la maduración de esta joven realizadora. Y ver qué es lo que está sucediendo con el resto del cine argentino en este festival que recién comienza.
Ternura queer. Estando gestándome dentro del vientre cinematográfico (tengo menos de ocho años de vida cinéfila) había una película que ocupaba gran parte de mi vida personal y emocional. Se trataba de Mi mundo privado, aquel film de Gus Van Sant acerca de un grupo de taxi boys encabezado por el eterno River Phoenix y Keanu Reeves (le tenemos cariño, ¿no?). Todavía no entendía nada ni del cine ni de mi propia vida y, sin embargo, la película me producía ciertas cosquillas en el estómago. Más de una década después vuelvo a descubrirme adolescente ante la ópera prima de quien luego se convirtió en uno de mis directores favoritos (a pesar de sus desaciertos, sí, a pesar de Psicosis) y vuelvo a identificarme con los chicos de la pantalla y su ternura queer. Ternura que en 1985 sólo podía expresarse haciendo cine independiente, a través de una fotografía sucia y oscura, que ocultara más que sacara a la luz. Hoy, estos elementos que nacieron desde una necesidad de expresarse, de darse a conocer, se convirtieron en rasgos de estilo para un lenguaje cinematográfico queer que está buscando su lugar en la pantalla. Ternura que emana ese Súper 8 con que termina la película. Ternura adolescente, textura queer.
¿Se puede encontrar algo del Van Sant de Mala noche en su cine posterior, en Last days o Elephant? La forma en que los personajes habitan los espacios, en que los actores se apropian de los escenarios y, nuevamente, esa ternura gris y adolescente, alejada de lo naif, cercano a lo queer, brillante.
En Mala noche nos encontramos ante un Gus Van Sant que aún en su primer película ya encuentra un canal de transmisión, algo que decir y una estética (interesante) para hacerlo. Es una película despareja. Pero cuyas desprolijidades van a pasar a formar parte de esta estética luego encontrada. Lo queer, lo diferente nunca puede ser lo perfecto sino más bien lo inacabado. Las texturas del 16mm o el Súper 8, los diálogos malamente doblados, ese mexicano for export, los personajes de la calle, la mirada documental, ¡la música almodovariana! Y los cuerpos desnudos imperfectos que erotizan aún más que aquellos trabajados en el gimnasio en unos primerísimos primeros planos inolvidables. Cuanto más pienso la película aún más termina gustándome.
En una de las escenas, el protagonista aparece a través de la puerta del departamento envuelto en una nube de humo. Más allá de la carcajada general y el divismo queer buscado por el director, el humo es el signo por excelencia de este Bafici. Puede significar lo oculto o lo por descubrir, ese misterio mágico que se esconde detrás del hecho cinematográfico o el cáncer de la post posmodernidad que termina afectándonos a todos. Promediando el festival, vi alrededor de una veintena de películas y no recuerdo una sola película en la que no se fume. ¿Casualidad, azar, simple jugarreta del destino? El Bafici hace humo.
Tecnologías
“El cine ha muerto” no se cansa de repetir el protagonista de Japan Japan frente a su amante de turno. Ambos acaban de salir de ver una película americana y ahora se permiten un contacto sexual frente a películas porno japonesas bajadas de Intenet. En la sala, lo viejo, lo añejo, lo pasado de moda, lo muerto. En la cama, las tecnologías, el sexo y la vida. Mundos diferentes enfrentados en una película experimento sobre un lenguaje que, más que muerto, recién está naciendo.
Desde que estoy metido en la educación y, sobre todo, en la que atañe a las artes audiovisuales, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las famosas TICs) ocupan un gran lugar en mi pensamiento y, la verdad, es que es una buena área para investigar. Computadoras e Internet, pero sobre todo celulares, cámaras digitales, I-phones, blogs y todas las tecnologías que se les ocurran, estudiadas desde el lugar de la educación, como puente de comunicación entre maestros y alumnos. No se lo puede negar: los chicos están comenzando a hablar un lenguaje que pocos comprenden.
Este nuevo lenguaje es aún superior al lenguaje cinematográfico. O, mejor aún, es mucho más complejo. Si en el siglo pasado hablábamos de la polisemia en la imagen, todo debe ser revisado desde la explosión de las TICs. Y lo nuevo en el cine (si es que hay nuevas maneras de contar) está experimentando este universo por descubrir.
En Japan Japan, lo interesante, lo diferente, lo queer es la manera que encuentra el director para narrar una historia ya repetida. Las imágenes se fragmentan, la historia se construye como un rompecabezas donde las piezas nacen desde estas nuevas tecnologías. Una Laptop desde la que se emiten imágenes grabadas en un teléfono celular. La fotografía satelital de un planeta controlado a través de Google Earth (y lo más peligroso es que está al alcance de nuestras manos). Y lo digital elevado a su máxima potencia.
Sin embargo, la película cae en su propia demagogia y, finalmente, queda a medio camino. Por momentos, el protagonista se vuelve hasta tierno (sobre todo en el musical al final del film) pero nunca logra llenar ese vacío que nos produce en el comienzo (y que el mismo indica). Por momentos, el director parece tener algo que decirnos pero termina callando y dejándose asombrar por su propia tecnología.
Ayer fue un día gris en el Bafici. Porque después de haber experimentado que el cine todavía estaba vivo, de la mano de Guerín y su En la ciudad de Sylvia, me encontré con esta otra teoría, la de la muerte del cine. A veces gris, a veces a colores. A veces digital, a veces analógico. Lo que puedo descubrir es que este es un Bafici de transición donde lo nuevo todavía está en su etapa de experimentación y lo viejo todavía se mantiene vivo en la pantalla y en la cabeza del espectador.
Japan Japan es un film ambiguo que por momentos me cae tierno y por momentos demagógico. Es como una moneda de dos caras que eternamente sigue rodando en el suelo caliente. Antes de caer y ver su cara o ceca va a morir derretida sin darnos ningún resultado.
Desde que estoy metido en la educación y, sobre todo, en la que atañe a las artes audiovisuales, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las famosas TICs) ocupan un gran lugar en mi pensamiento y, la verdad, es que es una buena área para investigar. Computadoras e Internet, pero sobre todo celulares, cámaras digitales, I-phones, blogs y todas las tecnologías que se les ocurran, estudiadas desde el lugar de la educación, como puente de comunicación entre maestros y alumnos. No se lo puede negar: los chicos están comenzando a hablar un lenguaje que pocos comprenden.
Este nuevo lenguaje es aún superior al lenguaje cinematográfico. O, mejor aún, es mucho más complejo. Si en el siglo pasado hablábamos de la polisemia en la imagen, todo debe ser revisado desde la explosión de las TICs. Y lo nuevo en el cine (si es que hay nuevas maneras de contar) está experimentando este universo por descubrir.
En Japan Japan, lo interesante, lo diferente, lo queer es la manera que encuentra el director para narrar una historia ya repetida. Las imágenes se fragmentan, la historia se construye como un rompecabezas donde las piezas nacen desde estas nuevas tecnologías. Una Laptop desde la que se emiten imágenes grabadas en un teléfono celular. La fotografía satelital de un planeta controlado a través de Google Earth (y lo más peligroso es que está al alcance de nuestras manos). Y lo digital elevado a su máxima potencia.
Sin embargo, la película cae en su propia demagogia y, finalmente, queda a medio camino. Por momentos, el protagonista se vuelve hasta tierno (sobre todo en el musical al final del film) pero nunca logra llenar ese vacío que nos produce en el comienzo (y que el mismo indica). Por momentos, el director parece tener algo que decirnos pero termina callando y dejándose asombrar por su propia tecnología.
Ayer fue un día gris en el Bafici. Porque después de haber experimentado que el cine todavía estaba vivo, de la mano de Guerín y su En la ciudad de Sylvia, me encontré con esta otra teoría, la de la muerte del cine. A veces gris, a veces a colores. A veces digital, a veces analógico. Lo que puedo descubrir es que este es un Bafici de transición donde lo nuevo todavía está en su etapa de experimentación y lo viejo todavía se mantiene vivo en la pantalla y en la cabeza del espectador.
Japan Japan es un film ambiguo que por momentos me cae tierno y por momentos demagógico. Es como una moneda de dos caras que eternamente sigue rodando en el suelo caliente. Antes de caer y ver su cara o ceca va a morir derretida sin darnos ningún resultado.
Ojos que ven
En la ciudad de Sylvia hay un joven que mira. Y su mirada es representada a través del juego (audio)visual que nos propone José Luis Guerín. Un juego casi como un lenguaje, de primeros planos, primeros planos de mujeres que conversan, esperan y, también, miran. Los ojos que (las) miran son los ojos más lindos que vi en mi vida. Ojos que hipnotizan, ojos que cuentan historias, ojos que sólo pueden hablarnos a través de los colores, ojos cinematográficos.
Hay películas que hablan sobre el cine y hay películas cinematográficas. En la ciudad de Sylvia, ambos universos conviven en una voz y en un lenguaje que transpira cine desde todos sus poros. Alguien debería ocuparse de crear un seminario sobre el cine y la mirada y ese alguien, sin lugar a dudas, desde hoy tendría que hablar de esta película.
En la ciudad de Sylvia recuerda a muchas películas y, sin embargo, es como ninguna. Recuerda al atardecer de Linklater por las calles de París. Y sin embargo acá no hay palabras, más bien sonidos. Formalmente recordará al Hitchcock atravesado por Brian De Palma. Pero la sutileza de quien ha trabajado en el documental para hacer tan real las imágenes, las miradas, las imágenes de aquellos que miran, lo aleja de ambos. Y, en los colores, en las formas, es fantásticamente universal. ¿Y en los sonidos?
El tratamiento sonoro es un tema para tratar párrafo aparte. Guerín logra apartarse de la producción contemporánea y se deja llevar por sus sentidos. El taconeo de los zapatos, el sonido del tranvía, los acordes de los violines, el tintineo de una botella que cae calle abajo. No hay dudas, el sonido también puede ser mirado.
Da miedo haberme encontrado con una película así a principios del festival (¿qué dejo para después?). Y para quien, como yo, quiera hacer carrera de crítico, ¿cómo se hace para dejar de hablar bien de una película que tengo en mi cabeza desde la proyección?. Es mucho más fácil hablar mal de una película que no nos gustó para nada. Los ojos más lindos que vi en mi vida. Ojos que hipnotizan, que miran, que hablan, que ME hablan, que me enamoran. Ojos que ven. Cine.
Hay películas que hablan sobre el cine y hay películas cinematográficas. En la ciudad de Sylvia, ambos universos conviven en una voz y en un lenguaje que transpira cine desde todos sus poros. Alguien debería ocuparse de crear un seminario sobre el cine y la mirada y ese alguien, sin lugar a dudas, desde hoy tendría que hablar de esta película.
En la ciudad de Sylvia recuerda a muchas películas y, sin embargo, es como ninguna. Recuerda al atardecer de Linklater por las calles de París. Y sin embargo acá no hay palabras, más bien sonidos. Formalmente recordará al Hitchcock atravesado por Brian De Palma. Pero la sutileza de quien ha trabajado en el documental para hacer tan real las imágenes, las miradas, las imágenes de aquellos que miran, lo aleja de ambos. Y, en los colores, en las formas, es fantásticamente universal. ¿Y en los sonidos?
El tratamiento sonoro es un tema para tratar párrafo aparte. Guerín logra apartarse de la producción contemporánea y se deja llevar por sus sentidos. El taconeo de los zapatos, el sonido del tranvía, los acordes de los violines, el tintineo de una botella que cae calle abajo. No hay dudas, el sonido también puede ser mirado.
Da miedo haberme encontrado con una película así a principios del festival (¿qué dejo para después?). Y para quien, como yo, quiera hacer carrera de crítico, ¿cómo se hace para dejar de hablar bien de una película que tengo en mi cabeza desde la proyección?. Es mucho más fácil hablar mal de una película que no nos gustó para nada. Los ojos más lindos que vi en mi vida. Ojos que hipnotizan, que miran, que hablan, que ME hablan, que me enamoran. Ojos que ven. Cine.
Mujeres
Este año el Bafici comenzó movidito. Como nunca, la primera función a la que asistí, Savage Grace, once y media de la mañana de un miércoles, amaneció agotada. Precavido, ya tenía en mi poder la entrada y pude asistir sin problemas, pero tuve que ver la película en primera fila, con las hermosas pecas de Juliane Moore en primerísimo primer plano. La nena de las ficciones de Caiga Quien Caiga, ante esta venta masiva de entradas, se apodera de mí y pregunta: ¿Será que el espíritu baficiano está últimamente despojado de buen cine? ¿O será que estamos cinematográficamente desesperados esperando ver algo nuevo? Finalmente, ¿será que queremos demostrarle al gobierno de turno que con el Bafici no se jode? Mejor vuelvo a mi tímida y retraída personalidad, apolítica y calladita y empiezo a hablar de lo que me compete: las películas del décimo Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Plano uno. Toma uno. La ciudad de las mujeres.
El cine, y su historia está presente para demostrarlo, es de las mujeres. No hablo aquí de aquellas féminas que están detrás de cámara sino de esos personajes femeninos inolvidables que nacieron allá a principios del siglo pasado, que continuaron surgiendo en el cine clásico y que hoy también encuentra su lugar en la pantalla contemporánea. La ciudad fílmica, cinematográfica, está habitada primera y significativamente por mujeres. ¿Mis preferidas? Desde Rita Hayworth hasta Nicole Kidman, pasando por Julie Delpy, Judy Garland, Drew Barrimore (algo tengo con Drew que no puedo negarlo), Catherine Deneuve y varias bellezas más. Supongo que esta teoría probada hasta el cansancio es la que quiso retomar Edgardo Cosarinski en su spot del Bafici que recuerda los primeros minutos de El desprecio de Godard.
Entonces, el primer día, resultó ser un día de películas de mujeres, protagonizadas por ellas y consumidas por el ojo cinematográfico hasta el cansancio. Es que el cine, señores, les pertenece (a ellas).
Lo primero es la familia. Si tuviera que elegir una actriz para que representara a mi madre en una película sobre mi vida (no se muy bien quién se interesaría por verla, pero síganme en mi ficción), sin lugar a dudas sería Julianne Moore, otra de mis actrices de cabecera. Pero no cualquiera de ellas. No podría decir que mi vieja se parece a la detective de Hannibal. Sino a la Juliane Moore de Todd Haynes. Ama de casa desesperada, solitaria, habitante de un mundo extraño y alejado de la realidad, dueña de una fuerza extraterrestre a la hora de luchar por su propio derredor. Pero cuyo final está destinado a un crepúsculo morado.
En Savage Grace, si bien no es una película de Haynes, la Julianne Moore que aparece retratada es familia de la protagonista de Safe o la de Lejos del paraíso. Una mujer atrapada en su propio universo decadente. Donde el concepto de la familia es tan moderno y salvaje como la gracia del título.
Después de la muerte de la posmodernidad, hay que comenzar a construir desde el hastío y ya no desde el caos. La guerra y la muerte están demasiado alejadas. Ahora hay que sembrar semilla y nacer desde el ocio, desde el aburrimiento. Bárbara pertenece a la clase alta norteamericana y se dedica a vagar por el mundo buscando nuevas experiencias. Pero, tras probarlo todo, ya no se distinguen sabores. Sin pecados, sin perdones, la vida pierde la gracia. Y agotado el sentido, lo salvaje desaparece volviéndose natural. Los instintos le ganan a las normas y lo que debió ser pronto es olvidado, dejado de lado, para abrir paso a la experimentación.
El error de la película está en no atreverse a las nuevas formas, a los nuevos lenguajes y, entonces, todo sabe un poco a viejo, a rancio. Tal como sucedía en Géminis de Albertina Carri. Sin embargo, el film por momentos se vuelve más crudo y es ahí donde gana mi atención. La cámara se eleva sobre una cama matrimonial donde duermen Bárbara y su amante. De repente, entra en la habitación Tony, su único hijo y se dirige hacia ellos. Se desnuda y se mete bajo las sábanas apoyándose sobre el cuerpo del hombre. Hay deseo en su mirada, hay calor en su comportamiento. Horas después despiertan. No se sorprenden y ríen. La madre besa a su amante y, este, comparte el beso con el hijo. Se tocan. Se desean. Y, el amante, es la excusa, de una escena de incesto netamente cinematográfica. Y esto en Géminis no sucede.
Sangre y chocolate. En la colorida y bien fotografiada, pero desgraciada argumental y actoralmente, película de las Bandana, las “chicas” del grupo elegido en un reallity show iban a parar a una estación de servicio, PNT mediante y terminaban masticando chocolate con cumbia como banda sonora. El dulce derretido entre los dientes de las ídolas teen pop se convirtió en uno de los travellings más desagradables de la historia del cine. Hoy, años después (con mi propio renacimiento cinematográfico) el chocolate se convierte en sangre que se derrite entre los dientes de la joven protagonista de La influencia. Y aquí, la desgraciada, no es la película sino la historia de esta niña y su hermano menor que indefectiblemente sería conducida, nunca mejor usada la palabra, hacia un camino sin salida.
Nuevamente la familia (y sobre todo la familia contemporánea, disfuncional, incomunicada) como tema. Y la obligatoriedad de crecer cuando aún no están maduras las semillas. La influencia narra la historia de otra mujer desesperada, ¿madre soltera o solitaria?, a cargo de sus dos hijos pequeños: la joven mencionada anteriormente (cuyas canciones en el MP3 deben estar tan alejadas de la música de las Bandana) y un niño de menos de seis años quienes desde la mitad de la película para adelante se convierten en protagonistas absolutos. Y todo esto, en un hogar sin figura paterna (ni materna) que, por momentos, recuerda a la hermosa Nobody Knows, sólo que de una forma mucho menos ceremoniosa, casi documental.
Es que el film, si tiene una voz narradora, es la de los propios chicos. Y, cuando la cámara se encierra con ellos en el hastiado departamento, cobra una vida que hasta el momento no tenía (paradoja mediante ya que es la muerte la que se apodera de la historia).
Hermano y hermana solos en un departamento que va metamorfoseándose con el correr de los días. E imágenes que hacen de una película imperfecta, un digno recuerdo imposible de borrar. Como la escena de las Bandana pero al "vesre". Es que en el cine, la forma prima sobre el contenido. Cámara lenta. Y gotas que caen sobre piedras calientes. Una máscara de Spiderman que brilla en la oscuridad. Churrascos que se fríen en aceite hirviendo. Y un canal de dibujos animados que acompaña con los colores y los sonidos una historia apática, marchita, silenciosa.La película tiene altibajos, sobre todo a la hora de fundir a negro, procedimiento cinematográfico abusado en todos los tipos de cine y que, en medio del Bafici, te invita a cerrar los ojos y soñar. Pero, la sonrisa de estos hermanos hace huella y, en los tiempos que corren, de chocolate derretido y telefilms pseudocinematográficos, eso es algo digno de hacer notar.
El día de las mujeres, las mujeres y el cine, las mujeres cinematográficas, lo concluí con Jogo de Cena y En la ciudad de Sylvia. La primera, comentada anteriormente en el blog, mostraba a las mujeres de manera cruda, en toda su complejidad y belleza. ¿Acaso vieron ustedes labios más grandes y rojos que aquellos que logra captar Coutinho en su película? La segunda, única y simplemente maravillosa, merece un párrafo aparte que ya vendrá. Por ahora, puedo adelantarles que, nuevamente se trata de la ciudad de las mujeres. Es la historia de un joven dibujante, dueño de los ojos más lindos que vi en mi vida, quien va en busca de su amada, la Sylvia del título por las calles y las caras de una misma ciudad.
El cine, y su historia está presente para demostrarlo, es de las mujeres. No hablo aquí de aquellas féminas que están detrás de cámara sino de esos personajes femeninos inolvidables que nacieron allá a principios del siglo pasado, que continuaron surgiendo en el cine clásico y que hoy también encuentra su lugar en la pantalla contemporánea. La ciudad fílmica, cinematográfica, está habitada primera y significativamente por mujeres. ¿Mis preferidas? Desde Rita Hayworth hasta Nicole Kidman, pasando por Julie Delpy, Judy Garland, Drew Barrimore (algo tengo con Drew que no puedo negarlo), Catherine Deneuve y varias bellezas más. Supongo que esta teoría probada hasta el cansancio es la que quiso retomar Edgardo Cosarinski en su spot del Bafici que recuerda los primeros minutos de El desprecio de Godard.
Entonces, el primer día, resultó ser un día de películas de mujeres, protagonizadas por ellas y consumidas por el ojo cinematográfico hasta el cansancio. Es que el cine, señores, les pertenece (a ellas).
Lo primero es la familia. Si tuviera que elegir una actriz para que representara a mi madre en una película sobre mi vida (no se muy bien quién se interesaría por verla, pero síganme en mi ficción), sin lugar a dudas sería Julianne Moore, otra de mis actrices de cabecera. Pero no cualquiera de ellas. No podría decir que mi vieja se parece a la detective de Hannibal. Sino a la Juliane Moore de Todd Haynes. Ama de casa desesperada, solitaria, habitante de un mundo extraño y alejado de la realidad, dueña de una fuerza extraterrestre a la hora de luchar por su propio derredor. Pero cuyo final está destinado a un crepúsculo morado.
En Savage Grace, si bien no es una película de Haynes, la Julianne Moore que aparece retratada es familia de la protagonista de Safe o la de Lejos del paraíso. Una mujer atrapada en su propio universo decadente. Donde el concepto de la familia es tan moderno y salvaje como la gracia del título.
Después de la muerte de la posmodernidad, hay que comenzar a construir desde el hastío y ya no desde el caos. La guerra y la muerte están demasiado alejadas. Ahora hay que sembrar semilla y nacer desde el ocio, desde el aburrimiento. Bárbara pertenece a la clase alta norteamericana y se dedica a vagar por el mundo buscando nuevas experiencias. Pero, tras probarlo todo, ya no se distinguen sabores. Sin pecados, sin perdones, la vida pierde la gracia. Y agotado el sentido, lo salvaje desaparece volviéndose natural. Los instintos le ganan a las normas y lo que debió ser pronto es olvidado, dejado de lado, para abrir paso a la experimentación.
El error de la película está en no atreverse a las nuevas formas, a los nuevos lenguajes y, entonces, todo sabe un poco a viejo, a rancio. Tal como sucedía en Géminis de Albertina Carri. Sin embargo, el film por momentos se vuelve más crudo y es ahí donde gana mi atención. La cámara se eleva sobre una cama matrimonial donde duermen Bárbara y su amante. De repente, entra en la habitación Tony, su único hijo y se dirige hacia ellos. Se desnuda y se mete bajo las sábanas apoyándose sobre el cuerpo del hombre. Hay deseo en su mirada, hay calor en su comportamiento. Horas después despiertan. No se sorprenden y ríen. La madre besa a su amante y, este, comparte el beso con el hijo. Se tocan. Se desean. Y, el amante, es la excusa, de una escena de incesto netamente cinematográfica. Y esto en Géminis no sucede.
Sangre y chocolate. En la colorida y bien fotografiada, pero desgraciada argumental y actoralmente, película de las Bandana, las “chicas” del grupo elegido en un reallity show iban a parar a una estación de servicio, PNT mediante y terminaban masticando chocolate con cumbia como banda sonora. El dulce derretido entre los dientes de las ídolas teen pop se convirtió en uno de los travellings más desagradables de la historia del cine. Hoy, años después (con mi propio renacimiento cinematográfico) el chocolate se convierte en sangre que se derrite entre los dientes de la joven protagonista de La influencia. Y aquí, la desgraciada, no es la película sino la historia de esta niña y su hermano menor que indefectiblemente sería conducida, nunca mejor usada la palabra, hacia un camino sin salida.
Nuevamente la familia (y sobre todo la familia contemporánea, disfuncional, incomunicada) como tema. Y la obligatoriedad de crecer cuando aún no están maduras las semillas. La influencia narra la historia de otra mujer desesperada, ¿madre soltera o solitaria?, a cargo de sus dos hijos pequeños: la joven mencionada anteriormente (cuyas canciones en el MP3 deben estar tan alejadas de la música de las Bandana) y un niño de menos de seis años quienes desde la mitad de la película para adelante se convierten en protagonistas absolutos. Y todo esto, en un hogar sin figura paterna (ni materna) que, por momentos, recuerda a la hermosa Nobody Knows, sólo que de una forma mucho menos ceremoniosa, casi documental.
Es que el film, si tiene una voz narradora, es la de los propios chicos. Y, cuando la cámara se encierra con ellos en el hastiado departamento, cobra una vida que hasta el momento no tenía (paradoja mediante ya que es la muerte la que se apodera de la historia).
Hermano y hermana solos en un departamento que va metamorfoseándose con el correr de los días. E imágenes que hacen de una película imperfecta, un digno recuerdo imposible de borrar. Como la escena de las Bandana pero al "vesre". Es que en el cine, la forma prima sobre el contenido. Cámara lenta. Y gotas que caen sobre piedras calientes. Una máscara de Spiderman que brilla en la oscuridad. Churrascos que se fríen en aceite hirviendo. Y un canal de dibujos animados que acompaña con los colores y los sonidos una historia apática, marchita, silenciosa.La película tiene altibajos, sobre todo a la hora de fundir a negro, procedimiento cinematográfico abusado en todos los tipos de cine y que, en medio del Bafici, te invita a cerrar los ojos y soñar. Pero, la sonrisa de estos hermanos hace huella y, en los tiempos que corren, de chocolate derretido y telefilms pseudocinematográficos, eso es algo digno de hacer notar.
El día de las mujeres, las mujeres y el cine, las mujeres cinematográficas, lo concluí con Jogo de Cena y En la ciudad de Sylvia. La primera, comentada anteriormente en el blog, mostraba a las mujeres de manera cruda, en toda su complejidad y belleza. ¿Acaso vieron ustedes labios más grandes y rojos que aquellos que logra captar Coutinho en su película? La segunda, única y simplemente maravillosa, merece un párrafo aparte que ya vendrá. Por ahora, puedo adelantarles que, nuevamente se trata de la ciudad de las mujeres. Es la historia de un joven dibujante, dueño de los ojos más lindos que vi en mi vida, quien va en busca de su amada, la Sylvia del título por las calles y las caras de una misma ciudad.
Ficciones
Anoche, las pantallas cinematográficas porteñas se tiñeron nuevamente con los colores del cine. No hay arte ni tecnología que pueda reemplazar o superar al proyector de cine porque, una vez que las luces de la sala se apagan, la verdadera magia se hace presente y cada uno de nosotros, espectadores, seamos críticos o cineastas, jóvenes o adultos, crédulos o no, nos dejamos llevar hacia un mundo diferente. Y ese mundo está más cercano a lo onírico, a los sueños, de lo que creemos. Por eso, cuando se enciende un proyector de cine y más aún cuando esto sucede multiplicadas veces en un festival de cine, la realidad ya no importa, ya no existe. Solamente nos dejamos llevar.
La gente del Bafici, este año, eligió una película realmente especial para la apertura. Se trata de Jogo de Cena que, como su nombre lo indica, es una especie de juego cinematográfico que Coutinho nos porpone para hablar de cine. Hacia allí vamos.
A propósito de cine. Mal de males, el casting es una de las herramientas que el realizador tiene a la hora de buscar actores para (re)presentar a sus personajes. Aquí, las entrevistadas son mujeres de todas las edades que cuentan sus historias de vida a cámara y sin pudores. Pero, el verdadero juego (la verdadera película) comienza cuando descubrimos que, entre ellas, hay mimetizadas actrices “de verdad” que nos están actuando esa historia y que están allí, convocadas por el director, para, directa o indirectamente, hablarnos de cine.
Entonces, el CINE, en toda su complejidad, en su totalidad y en mayúsculas, es ampliamente representado por el Bafici que nos trae cortometrajes y largometrajes, documentales y películas de ficción, ficciones y realidades. Me detengo a pensar la teoría propuesta por Coutinho y, sin lugar a dudas, tengo que cambiar el párrafo anterior. La realidad puesta delante de una cámara, atravezada por un objetivo cinematográfico, deja de ser realidad para convertirse en ficción. Es mentira.
Si llegan a ver Jogo de Cena, si entran en el juego propuesto por el realizador brasileño, es muy probable que se sientan desorientados al salir de la sala, tratando de descubrir cuántas y cuáles de esas mujeres eran de “verdad”. Eso ya no importa. Después de la nouvelle vague, después del denominado cine de autor, después de jugar este juego de escena de Coutinho, la verdad llamada verdadera muere ante la presencia de una cámara de cine y el realizador se vuelve mago por excelencia, dueño de un don único, el de narrador de ficciones que, este año, en el décimo Bafici, están más presentes que nunca.
Independiente o industrial (no puedo dejar pasar la sonrisa popular ante el relato de Buscando a Nemo de una de las protagonistas de Jogo de Cena), el cine es cine y es ficción y es relato, narración, juego y juguete, magia, mito, sueño, luz, color… ¡vida! ¿Acaso conocen algún otro aparato que así como te hace reir te hace llorar y así como puede parar la lluvia puede hacerte bailar?
Las puertas del Bafici, bien celestes este año, se abrieron. Hay cine para rato. Y, más allá de mi nota anterior, no importan cuántas ni cuáles películas vayan a ver. No importa si se pierden la última de Takashi Miike o la gran ganadora del público. Solamente pasen por el cine y espíen. Anímense a dejarse conducir por el azar y vean lo primero que se les viene a la cabeza. No se si se van a divertir. No se si van a poder mantenerse despiertos. Lo que si se es que van a viajar a otro mundo. Y eso no es poca cosa.
¿Tienen sus boletos? El tranvía a París está arrancando.
La gente del Bafici, este año, eligió una película realmente especial para la apertura. Se trata de Jogo de Cena que, como su nombre lo indica, es una especie de juego cinematográfico que Coutinho nos porpone para hablar de cine. Hacia allí vamos.
A propósito de cine. Mal de males, el casting es una de las herramientas que el realizador tiene a la hora de buscar actores para (re)presentar a sus personajes. Aquí, las entrevistadas son mujeres de todas las edades que cuentan sus historias de vida a cámara y sin pudores. Pero, el verdadero juego (la verdadera película) comienza cuando descubrimos que, entre ellas, hay mimetizadas actrices “de verdad” que nos están actuando esa historia y que están allí, convocadas por el director, para, directa o indirectamente, hablarnos de cine.
Entonces, el CINE, en toda su complejidad, en su totalidad y en mayúsculas, es ampliamente representado por el Bafici que nos trae cortometrajes y largometrajes, documentales y películas de ficción, ficciones y realidades. Me detengo a pensar la teoría propuesta por Coutinho y, sin lugar a dudas, tengo que cambiar el párrafo anterior. La realidad puesta delante de una cámara, atravezada por un objetivo cinematográfico, deja de ser realidad para convertirse en ficción. Es mentira.
Si llegan a ver Jogo de Cena, si entran en el juego propuesto por el realizador brasileño, es muy probable que se sientan desorientados al salir de la sala, tratando de descubrir cuántas y cuáles de esas mujeres eran de “verdad”. Eso ya no importa. Después de la nouvelle vague, después del denominado cine de autor, después de jugar este juego de escena de Coutinho, la verdad llamada verdadera muere ante la presencia de una cámara de cine y el realizador se vuelve mago por excelencia, dueño de un don único, el de narrador de ficciones que, este año, en el décimo Bafici, están más presentes que nunca.
Independiente o industrial (no puedo dejar pasar la sonrisa popular ante el relato de Buscando a Nemo de una de las protagonistas de Jogo de Cena), el cine es cine y es ficción y es relato, narración, juego y juguete, magia, mito, sueño, luz, color… ¡vida! ¿Acaso conocen algún otro aparato que así como te hace reir te hace llorar y así como puede parar la lluvia puede hacerte bailar?
Las puertas del Bafici, bien celestes este año, se abrieron. Hay cine para rato. Y, más allá de mi nota anterior, no importan cuántas ni cuáles películas vayan a ver. No importa si se pierden la última de Takashi Miike o la gran ganadora del público. Solamente pasen por el cine y espíen. Anímense a dejarse conducir por el azar y vean lo primero que se les viene a la cabeza. No se si se van a divertir. No se si van a poder mantenerse despiertos. Lo que si se es que van a viajar a otro mundo. Y eso no es poca cosa.
¿Tienen sus boletos? El tranvía a París está arrancando.
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